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Desde el primer minuto, Valeria entra con esa mezcla de dulzura y carácter que la define. “Bienvenidos ustedes a mi vida”, dice entre risas, con el retrato de Maradona detrás, como quien deja claro que el corazón también milita. Argentina corre por sus venas, y el cannabis, por su historia.

La Expo Cannabis: una fiesta de lucha y comunidad

Cada año, la Expo Cannabis se convierte en un hervidero de energía colectiva. Valeria la describe como “una bomba”, pero de esas que explosionan en abrazos. El jueves previo a la inauguración es su día favorito: los pabellones vacíos comienzan a llenarse de amigos, de saludos, de historias que se cruzan una vez al año. “Es como ir al casamiento de un amigo”, cuenta, entre carcajadas y emoción.

Pero más allá del reencuentro, Valeria subraya algo esencial: la Expo es una manifestación política, cultural y humana. No hay otro evento donde una comunidad organizada se reúna en torno a la conquista de derechos nuevos. Lo que ocurre ahí —dice— es el fruto de una lucha que lleva generaciones: “Es toda una historia puesta en una exposición. Sabemos de dónde venimos, lo que estamos haciendo y hacia dónde vamos. Lo tenemos clarísimo”.

Y aunque el contexto económico y social golpee, el entusiasmo no decae. “Cada vez que me quejo, me acuerdo de lo triste que sería si no existiera la Expo”, confiesa.

Un país, muchas provincias, una sola causa

La Expo Cannabis Buenos Aires se ha transformado también en un faro para las provincias. Desde Córdoba hasta Misiones, pasando por Santa Fe o Mendoza, cada visitante se lleva ideas, inspiración y empuje para organizar eventos locales. “Es un potenciador —dice Valeria—. Los del interior también copian lo que ven acá y lo adaptan. Eso está buenísimo”.

Y aunque reconoce que “Dios atiende en Buenos Aires”, sabe que ese movimiento desde el centro repercute en todo el país: la semilla se esparce y germina en cada provincia.

Aun con las dificultades económicas, la organización logra una expo de altísimo nivel, “de primer mundo”, asegura. Nada que envidiarle a las de Uruguay, Chile o España. Todo, con una diferencia: el mérito colectivo, el esfuerzo compartido, y el deseo de seguir empujando, incluso “remando en brea”.

La solidaridad del mundo cannábico

Cuando se le pregunta por los inicios, Valeria no duda: la generosidad fue la puerta abierta que nunca se cerró. “En Mamá Cultiva trabajamos con el público primera vez”, explica. Personas que llegan sin saber nada de la planta y se sorprenden del compañerismo del ambiente: el intercambio de semillas, de esquejes, de conocimientos. Nadie se guarda nada.

“Le mandás una foto a un cultivador con la punta amarilla de la planta y te contesta enseguida”, dice entre risas. Y agrega: “Eso no pasa en otros ambientes”.

En contraposición, describe con ironía la mezquindad del mundo médico hegemónico, donde el saber suele administrarse como poder. Frente a tanta generosidad popular, los médicos quedaron expuestos, aunque —aclara— muchos hoy están cambiando. “Se están replanteando su actitud”, dice.

Médicos, madres y paradigmas

Valeria recuerda con humor y sinceridad los primeros choques con profesionales de la salud. Menciona a Silvia Kochen, una médica con la que hoy mantiene una gran relación, aunque al principio “era muy difícil”. Y tiene sentido, dice: “Imaginate que vos estudiás siete años, después hacés residencias, no dormís, te sacrificás, y de repente aparece una madre y te dice: mirá, con cannabis me funciona mejor que con todo lo que me diste antes”.

Esa escena resume el cambio de época: madres desafiando la ciencia, el dolor convertido en aprendizaje, y el amor transformado en política.

“Fue algo muy disruptivo —admite—. Los médicos venían embalados con su formación, y de golpe se encontraban con una mina que hacía medicina en su casa, con sus plantas. Fue difícil.”

La primavera canábica: de la ley al REPROCANN

Valeria repasa con precisión quirúrgica lo que llama “la primavera canábica argentina”, ese período entre 2020 y 2024 donde el cannabis medicinal floreció institucionalmente.

Aunque en 2016 se logró aprobar la ley, pasó años muerta, sin reglamentación ni presupuesto. Todo cambió en 2020, cuando Ginés González García asumió en el Ministerio de Salud. “Sabía todo. Sabía para qué usábamos el cannabis, qué necesitábamos. Me dijo estoy, y estuvo”.

Bajo su gestión nació el REPROCANN, un sistema que incluyó todo lo que Mamá Cultiva pedía:

  • Autocultivo,
  • Cultivo solidario para terceros y organizaciones,
  • Cobertura de aceites importados por obras sociales,
  • Sin límites de plantas en crecimiento, solo en floración.

Luego llegó una ministra “muy receptiva”, siempre dispuesta a escuchar y resolver. “Fue una primavera”, dice con nostalgia, “porque después también tuvimos un ministro de Producción, Matías Kulfas, que escuchó, que fue al Congreso, que militó la ley productiva. Fue un momento hermoso. Se desarrollaron proyectos en casi todas las provincias.”

Espíritu militante, cuerpo incansable

Y aunque la pregunta apunta al descanso, la respuesta de Valeria es rotunda: “Yo muerta voy a descansar”, dice con esa mezcla de convicción y cansancio que sólo tienen quienes no se rinden. Para ella, la militancia no es una etapa ni un escalón hacia algo más grande: es la vida misma en movimiento. La fundadora de Mamá Cultiva lo deja claro: el cambio social no tiene punto final. Cada logro abre un nuevo desafío, cada avance exige una nueva conversación.

Valeria entiende que muchas de las transformaciones por las que lucha no las verá materializadas. Pero eso no la desalienta; al contrario, le da sentido. “Alguien tiene que andar la rueda”, dice. Y en ese andar, redefine el rol de la militancia como una práctica que no busca gloria personal, sino continuidad histórica.

Salech no milita sólo por el cannabis. Su mirada abarca mucho más: la transformación del sistema de salud en su totalidad. Un sistema, dice, que funciona como una cinta transportadora: “te enchufan una pastilla y seguís”. Para ella, el problema no es sólo la falta de regulación o la penalización de la planta, sino un modelo médico hegemónico, deshumanizado y mercantilizado.

Desde el feminismo, desde los colectivos de parto respetado, los movimientos trans y los espacios de salud mental, encuentra un hilo común: todas las luchas reclaman un sistema más integral, holístico y humano. Un sistema que incorpore la salud mental como parte de la salud física, que entienda los contextos sociales y económicos de las personas, y que deje de funcionar como una empresa donde quien no puede pagar, muere en la fila de espera.

“Al cannabis no le sirve que sea legal si el sistema de salud no cambia nada”, dispara. Y con esa frase, rompe una burbuja que muchos dentro del movimiento prefieren no mirar.

Regular todas las drogas: romper la dicotomía moral

En su análisis, Salech se anima a ir más allá: no basta con regular el cannabis. Para romper el paradigma del “bien y el mal” en torno a las sustancias, es necesario discutir la regulación de todas las drogas. No desde el tabú ni la represión, sino desde la responsabilidad, la educación y la salud pública.

“No podemos quedarnos con cannabis, porque si no entramos en una dicotomía de drogas buenas y malas”, explica. Y propone pensar el consumo como parte de un contexto más amplio: social, económico y emocional. En ese sentido, insiste en que los distintos movimientos sociales —canábicos, de salud mental, feministas— deben encontrarse, mezclarse y articular estrategias conjuntas.

El cambio real, asegura, nace desde abajo, desde los territorios y las redes comunitarias. De lo contrario, advierte, “nos van a imponer un sistema totalmente mercantilista”, donde la salud se compra y el que no puede pagar, se queda afuera.

Política, energía y miedo a nada

Ante la pregunta de si ocuparía un cargo político, Valeria no duda: “De mil amores”. Aunque reconoce que hay cuadros mejor preparados, no se achica. La política, para ella, es una herramienta de transformación, no una carrera personal.

“Siempre voy a estar abierta a escuchar a todo el mundo”, asegura, subrayando que la lucha canábica no puede aislarse. Si se encierra en sí misma, se convierte en un gueto que pierde poder político. La clave, insiste, es integrar luchas, porque la raíz de los conflictos es la misma: la desigualdad en el acceso a los recursos del Estado.

Mientras en Argentina la deuda con el FMI marca el pulso de las decisiones políticas, Salech denuncia que se está sacrificando la vida de miles. “Cuando vos decidís no entregar medicación oncológica, estás decidiendo que se mueran”, sentencia. Sin eufemismos, con la crudeza de quien ya vio demasiado dolor injusto.

Una mirada argentina con orgullo comunitario

Cuando le preguntan qué aprendizajes traería de otros países, responde con humor y una pizca de orgullo nacional: “Nooooo… Soy argentina 200%. Es un defecto que tengo”. La clase la damos nosotros.

No se trata de soberbia, sino de confianza en la capacidad de organización comunitaria que distingue a la sociedad argentina. “Una de las estrellas que tenemos en la camiseta tiene que ver con eso”, dice.

Recuerda los comienzos de Mamá Cultiva, cuando el movimiento canábico luchaba desde una perspectiva de derechos individuales, y su organización irrumpió con una visión distinta: el cannabis como una cuestión de salud pública. Con madres al frente, la empatía social fue inmediata.

“Era difícil no empatizar con mamás y chicos adelante”, dice. Sin embargo, en 2016 eran apenas un puñado. Convocar a pacientes, llenar una comisión en el Congreso, era una odisea. Llamaba a asociaciones de personas con Parkinson, pero la enfermedad misma les impedía asistir.

“Necesitaba llenar esas salas con gente que usara cannabis o pudiera necesitarlo”, recuerda. “Y ahí estábamos: Cameda, con su mirada farmacológica, y nosotras, con la plantita en la mano. No había más.”

De la semilla al bosque: el crecimiento de una causa colectiva

En apenas dos años, de 2016 a 2018, el movimiento se multiplicó: de unas pocas organizaciones pasaron a más de veinte, y hoy —solo en Buenos Aires— superan el centenar. Ese crecimiento exponencial no fue casualidad: es parte de esa identidad nacional que Valeria define con una sonrisa orgullosa.

“El otro día, en Brasil, me decían: ustedes son re intensos, cuando algo no les gusta llenan las calles. Y sí, somos re intensos”, admite.

Argentina tiene una capacidad innata para organizarse, para transformar la bronca en acción. Lo demostró con Ni Una Menos, que en solo dos años se extendió por todo el país, y lo vuelve a demostrar cada vez que la sociedad civil decide plantarse frente a la injusticia.

“Ahora nos vamos al Encuentro en Corrientes a armar una organización federal de Ni Una Menos”, anticipa Valeria, con la misma energía con la que empezó todo: una voz, una planta, y una convicción que no se apaga.

La potencia de lo colectivo: cuando el pueblo se organiza

Salech lo dice con una convicción inquebrantable: “Eso que los argentinos y las argentinas sabemos hacer, no tiene precio.”
Y se refiere a eso que vibra en la historia de este país: la capacidad de organizarse, de salir a la calle, de transformar la bronca en movimiento. Lo que hizo posible la campaña por el aborto, lo que mantiene viva la Marcha de la Marihuana y lo que impulsa hoy a la comunidad disca a hacerse escuchar en todos los rincones de Argentina.

Porque cuando este pueblo se propone algo, se enciende la chispa colectiva: “Pum, pum, pum. 3, 2, 1… flyer, hashtag, hora, lugar, y se arma.”
Desde Plaza San Martín hasta Comodoro Rivadavia, el eco de la organización popular resuena. Salech lo dice sin miedo ni modestia: esa energía fue la que sacó a los militares del poder, y será también la que saque del camino a cualquier gobierno que no escuche al pueblo.

Ciencia, territorio y una trama imposible de romper

En su visión, el poder real del movimiento canábico no está sólo en la calle, sino también en la alianza entre la militancia y la ciencia. Lo que antes era una red “medio clandestina” de investigadores del CONICET trabajando en silencio sobre cannabis, hoy es una comunidad científica legitimada, articulada y reconocida.

Valeria recuerda el momento en que Ana María Franchi, al asumir la presidencia del CONICET, convocó a todas esas investigadoras dispersas para poner en común su trabajo. Fue un punto de inflexión: “Ahí te legitima todo lo que nosotros veníamos diciendo. De una.”
Esa articulación entre saberes académicos y saberes territoriales formó un tronco robusto, difícil de voltear. Y aunque muchos programas de salud fueron recortados, el REPROCANN sigue en pie, protegido por esa trama colectiva que se tejió con lucha, ciencia y convicción.

Argentina, dice Valeria, tiene algo único: una red federal de investigadores que dialogan entre sí, que piensan en desarrollo productivo y que se sientan a la mesa con quienes regulan. No es poca cosa. “No hay en todos los países eso”, recuerda, comparando con España, donde incluso los cromatógrafos dan resultados distintos porque no hay conexión entre laboratorios.

Lo dice con orgullo y con un toque de romanticismo: “Podemos crear políticas públicas desde la trama comunitaria, entre científicos, militantes, productores y empresarios.”
Esa mesa amplia, construida entre 2020 y 2023, debe volver a armarse —y esta vez, más grande—, para seguir demostrando que la normalidad sobre el cannabis en Argentina cambió gracias a la gente que trama, que conversa, que se organiza y que no se calla.

Entre el amor vegetal y el orgullo nacional

Cuando la charla ya se apaga, el periodista le pregunta cuál es su “amor vegetal después del cannabis”.
Valeria se ríe con picardía: “Mirá si se me pone celosa la planta.”
Y sí, para ella el primer, segundo, tercero y cuarto puesto es de la marihuana, la macoña querida.

Aunque no deja de mencionar a otras compañeras del reino vegetal: el aloe vera, con su espíritu maternal y generoso —“me voy a morir, te dejo todos estos hijos”— y la lavanda, amante del verano, brotando sin parar, igual que ella.

“Pero no, igual como la macoña, no hay nada.”
Y tiene razón. Porque más allá de la medicina y los usos terapéuticos, el cannabis nos enseña una forma de vida: compartir, trabajar con amor, cuidar el cuerpo y el entorno. Nos da salud, pero también nos da trabajo, dignidad, comunidad y esperanza.

Expo Cannabis, la Marcha Nacional y el abrazo colectivo

Antes de despedirse, Valeria lanza la invitación con entusiasmo contagioso:
“Nos vemos todos en Expo Cannabis, en Costa Salguero, 17, 18 y 19 de octubre. A darnos un abrazo y felicitarnos, porque estamos sosteniendo un montón.”

Y enseguida suma otro hito: la Marcha Nacional de la Marihuana, el 15 de noviembre.
El periodista le cuenta que está preparando una campaña sonora con las consignas de la marcha (Basta de Personas Presas por Marihuana, El Prohibicionismo Mata, y Por Una Nueva Ley de Drogas Que Acompañe y No Castigue) —15 piezas radiales que pronto sonarán en Radio Sativa—, y Valeria celebra la idea: “Vamos todas a la marcha, de una.”

Ahí se cierra el diálogo, con afecto y orgullo, con esa sensación de estar siendo parte de una historia viva.
Una historia que todavía se escribe en las calles, en los laboratorios, en las cocinas donde se prepara aceite, y en los micrófonos que amplifican la voz de una generación que no pide permiso: cultiva derechos.

“Somos esto: gente que habla y que trama.”
Valeria Salech, fundadora de Mamá Cultiva

 

Foto de portada: Rocio Bao