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El comunicado reciente de la Sociedad Española de Epilepsia (SEEP), la Sociedad Española de Neurología (SEN) y la Federación Española de Epilepsia (FEDE) volvió a encender el debate sobre el lugar del cannabis medicinal en la práctica clínica. Las entidades pidieron “priorizar los fármacos aprobados” frente a las fórmulas magistrales de cannabis, incluso después de que España aprobara el Real Decreto 1138/2025, que regula su prescripción y dispensación en farmacias.

El argumento es el de siempre: falta de evidencia “robusta”. Pero lo cierto es que la evidencia ya existe —tanto en estudios clínicos como en experiencias empíricas— y muestra que el cannabis puede reducir drásticamente la frecuencia e intensidad de crisis en epilepsias refractarias, incluso cuando los medicamentos tradicionales fallan o generan efectos adversos severos.

En Argentina, el Hospital Garrahan realizó en 2021 un estudio con 54 pacientes pediátricos con epilepsia refractaria tratados con aceite de cannabis de grado farmacéutico, observando mejoras significativas en la frecuencia de crisis y la calidad de vida. Fue el primer ensayo clínico oficial del país sobre cannabis medicinal en epilepsia y marcó un antes y un después en la práctica médica nacional (Ministerio de Salud de la Nación, Hospital Garrahan, 2021).

En Estados Unidos, la FDA aprobó en 2018 el medicamento Epidiolex, un preparado de CBD purificado, tras varios ensayos clínicos multicéntricos publicados en The New England Journal of Medicine y The Lancet Neurology, donde se demostró su eficacia en síndromes epilépticos severos como Lennox-Gastaut y Dravet (Devinsky et al., 2017; Thiele et al., 2018).

Por su parte, la Universidad de São Paulo (Brasil), a través del grupo de neurociencias liderado por José Crippa, lleva más de una década documentando los efectos anticonvulsivos y neuroprotectores del CBD, publicando resultados consistentes en Frontiers in Neurology y Epilepsy & Behavior (Crippa et al., 2018; Campos et al., 2021).

Estas investigaciones, junto a miles de casos documentados por familias y profesionales en América Latina, demuestran que el cannabis medicinal no es una moda, sino una herramienta terapéutica real que ha devuelto esperanza a quienes la medicina tradicional había abandonado.

La medicina moderna necesita más empatía y menos soberbia. La ciencia avanza cuando escucha, no cuando censura. Los pacientes y cuidadores ya demostraron que el cannabis puede salvar vidas; ahora le toca a las instituciones ponerse al día.