Cómo la derecha cooptó los psicodélicos: cuando la contracultura entra por la puerta equivocada
Lo que durante décadas fue símbolo de rebeldía y cambio social —el uso de psicodélicos— está siendo reinterpretado y apropiado por sectores conservadores y optimizadores, que ven en estas sustancias una herramienta pragmática de rendimiento y salud, despojándolas de su historia contracultural y espiritual.
Lo cuenta un reciente artículo en GQ, que rastrea una transformación cultural fascinante y paradójica: los psicodélicos, largo tiempo asociados con la contracultura de los años 60 y la izquierda cultural, hoy están siendo adoptados por figuras del espectro político conservador —desde empresarios de tecnología hasta políticos tradicionalistas— reinterpretándolos no como símbolos de subversión, sino como instrumentos de optimización mental, eficacia terapéutica o rendimiento personal.
Donde alguna vez hubo una experiencia de disolución del ego y ruptura con las estructuras de poder, hoy proliferan discursos que los presentan como herramientas pragmáticas para la “mejora” de la mente, la salud mental o la productividad individual. El propio artículo reflexiona sobre cómo personajes que en otros tiempos se habrían opuesto frontalmente a cualquier tipo de liberalización de drogas ahora respaldan el uso de estos compuestos con fines terapéuticos o de rendimiento.
El giro cultural: de “viaje tribal” a “salud y rendimiento”
La historia de los psicodélicos está entrelazada con movimientos de contracultura que desafiaron estructuras políticas, espirituales y culturales. Pero ese significado histórico —una mezcla de exploración interior, crítica social y cuestionamiento del statu quo— ha sido reescrito. Hoy, según el análisis, los psicodélicos están siendo absorbidos por un discurso que los define como:
- Instrumentos de salud mental pragmáticos, más cercanos a fármacos que a sacramentos.
- Herramientas de auto-optimización y rendimiento, en Silicon Valley y literatos de la era tech.
- Símbolos de gestión emocional, desligados de redes comunitarias o de crítica social, y más enclavados en narrativas individualistas.
Este desplazamiento cultural no es superficial: cambia quién define el sentido de estas sustancias, para quién y con qué propósito se promueven, y qué valores se asocian con su consumo.
Contradicciones en el corazón del fenómeno
Hay ironía histórica: algunos conservadores que hacen campaña por terapias con psicodélicos sostienen posturas firmes en otras áreas del control de drogas o la moral pública. Esto crea una contradicción evidente: respaldan la liberalización terapéutica de ciertas sustancias mientras siguen apoyando políticas punitivas o restrictivas sobre otras, o una moral conservadora que históricamente ha reprimido expresiones contraculturales similares.
Esa paradoja levanta dos cuestiones centrales:
- ¿Son realmente estos movimientos una evolución del pensamiento sobre drogas, o una reconfiguración ideológica útil para discursos de salud individual?
- ¿Qué se pierde cuando se despoja a los psicodélicos de su dimensión colectivamente transformadora para reducirlos a tecnología terapéutica o herramienta de mejora personal?
La historia que contamos sobre estas sustancias importa tanto como la ciencia que las respalda.
Lo que está ocurriendo con los psicodélicos es una batalla por el significado de una experiencia humana poderosa. Cuando la derecha los cooptó, el signo de rebelión y expansión interior mutó en una letra más del alfabeto del rendimiento personal y la salud tecnocrática.
Pero el espíritu de estas sustancias —su potencial para abrir mundos, cuestionar certezas y desarmar egos rígidos— no se vende en paquetes de optimización ni en discursos cómodos. Si vamos a hablar de psicodélicos, que sea con honestidad histórica, ética, política y social.
Que nadie nos robe el sentido de la experiencia
solo para acomodarlo en un nicho de mercado.
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