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México —rico en biodiversidad, con una historia ancestral de uso de hongos, peyote y plantas enteógenas— vive una paradoja: su herencia cultural y natural lo posiciona como un territorio ideal para la investigación psicodélica. Pero una vieja regulación —heredada de los años 70— lo condena al estancamiento. 

Para la bióloga e investigadora Alejandra Ortiz Medrano, esa contradicción es clave: “Estamos sentados sobre una mina de oro de conocimiento tradicional y biodiversidad —pero atados de manos para investigarlo”. 

Mientras países de Europa y Estados Unidos redescubren la utilidad terapéutica de psicodélicos como la psilocibina o el LSD —incluso para tratar depresiones profundas, trastornos de estrés postraumático o ansiedad—, en México la ley sigue criminalizando lo que podría ser medicina.

El “renacimiento psicodélico” mundial —con estudios recientes que evidencian su eficacia terapéutica incluso tras pocas sesiones, gracias a efectos como la neuroplasticidad cerebral— amplía las esperanzas. 

Pero en México esa puerta permanece cerrada: la clasificación de estas sustancias en el grupo más restrictivo —junto a drogas de alto riesgo— impide estudios clínicos a gran escala, limita la investigación nacional y perpetúa estigmas. 

El resultado es doble: un desperdicio de potencial terapéutico y científico, y una negación a reconocer las prácticas tradicionales ancestrales como patrimonio cultural, con posibilidades reales de beneficios médicos para miles.

El boom psicodélico puede traer aires de esperanza —pero también tensiones concretas. Ortiz Medrano advierte sobre un peligro creciente: el “extractivismo cultural y ambiental” sobre pueblos originarios, sus territorios y especies que históricamente han sido utilizados en rituales sagrados. 

Turismo psicodélico, demanda internacional creciente, interés comercial: todo eso puede generar presión sobre ecosistemas y pueblos vulnerables, reduciendo tradiciones a mercancías. La ciencia no debe ignorar esa dimensión.

Lo que la investigación internacional va demostrando —efectos terapéuticos duraderos, ventajas frente a tratamientos convencionales, menor toxicidad comparativa, posibilidad de tratamientos breves en vez de medicación crónica— invita a repensar. 

Según especialistas, lo que falta en México no es evidencia —esa ya existe— sino un marco regulatorio serio, actualizado y basado en ciencia. Sólo así podrá iniciarse la transición de la clandestinidad a la investigación responsable, con respeto por las raíces culturales.

Mientras el mundo se adentra en una revolución psicodélica con responsabilidad, México queda atrapado en un pasado prohibicionista. La riqueza biocultural del país, su diversidad ancestral y su biodiversidad podrían convertirlo en un epicentro global de investigación —pero hoy sigue viendo esa posibilidad desde lejos.

Dar ese paso requiere voluntad política, reforma normativa, apertura científica y respeto por los saberes originarios. Si se logra, lo que ahora es estigma podría transformarse en medicina, en diálogo entre ciencia y tradición, en sanación real. Y sobre todo: en dignidad para quienes han cuidado ese conocimiento durante siglos.