Bahía Blanca vuelve a mostrar el absurdo de la persecución cannábica
Siete gramos. Esa fue la cantidad suficiente para que una mujer terminara detenida en Bahía Blanca. Mientras el sistema judicial colapsa por delitos graves, la planta medicinal vuelve a quedar en el centro de una maquinaria punitiva que parece detenida en el siglo pasado.
Una nueva causa judicial por cannabis vuelve a encender el debate sobre la criminalización de usuarios y cultivadores en Argentina. Esta vez ocurrió en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, donde una mujer terminó privada de su libertad por la tenencia de apenas 7 gramos de cannabis, según denunció el medio alternativo La Izquierda Diario.
El caso generó indignación entre organizaciones cannábicas, activistas por la reducción de daños y sectores que vienen impulsando una reforma profunda de la política de drogas en el país. La situación expone nuevamente las contradicciones entre el avance de leyes como la Ley Nacional 27.350 de cannabis medicinal y la persistencia de prácticas judiciales y policiales propias de la lógica prohibicionista.
Mientras miles de pacientes acceden legalmente al cannabis medicinal mediante el REPROCANN —Registro del Programa de Cannabis— y el Estado argentino promueve el desarrollo industrial del cáñamo a través de la Ley 27.669, todavía continúan existiendo causas penales por cantidades mínimas destinadas al consumo personal.
El hecho reabre una discusión incómoda pero necesaria: ¿qué sentido tiene movilizar recursos judiciales, policiales y penitenciarios contra personas usuarias de cannabis, cuando la Corte Suprema de Justicia ya estableció en el histórico fallo “Arriola” de 2009 que la tenencia para consumo personal en el ámbito privado no debe ser penada?
La respuesta parece estar en una mezcla peligrosa de desinformación, discrecionalidad judicial y falta de actualización normativa en distintos sectores del sistema penal. Porque mientras en algunos puntos del país se desarrollan proyectos productivos de cannabis medicinal, bioconstrucción con cáñamo e investigación científica, en otros todavía se sigue tratando al consumidor como un delincuente.
Diversas organizaciones vienen alertando que este tipo de procedimientos no impactan sobre el narcotráfico real ni sobre las estructuras criminales complejas. Por el contrario, terminan afectando principalmente a usuarios, pacientes y pequeños cultivadores.
La paradoja es brutal: en un contexto donde la evidencia científica demuestra que el cannabis posee aplicaciones terapéuticas reconocidas para patologías como epilepsia refractaria, dolor crónico, ansiedad o trastornos del sueño, todavía existen personas que pueden terminar detenidas por portar una cantidad ínfima de flores.
Además, especialistas en políticas públicas sobre drogas sostienen que continuar persiguiendo usuarios genera saturación judicial, estigmatización social y un uso ineficiente de recursos estatales que podrían destinarse a combatir delitos verdaderamente complejos.
El debate ya no es solamente sanitario ni jurídico. También es cultural, económico y humano. Argentina atraviesa una transición donde conviven dos modelos opuestos: uno basado en la criminalización y otro orientado a la regulación responsable, la reducción de daños y el desarrollo de una nueva industria.
Cada caso como el de Bahía Blanca deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuánto tiempo más seguirá la Justicia persiguiendo personas por cannabis mientras el mundo avanza hacia mercados regulados y políticas más racionales?
La conversación ya empezó y es imposible frenarla. La industria del cannabis medicinal y del cáñamo continúa creciendo, generando empleo, investigación y nuevas oportunidades productivas en todo el país. La información precisa y el debate serio son herramientas fundamentales para romper décadas de estigmatización.
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