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Bayer anunció nuevamente su intención de profundizar inversiones en Argentina y aseguró que el país "vuelve a ganar atractivo para las multinacionales farmacéuticas". Sus directivos destacan la previsibilidad económica, la investigación clínica y un marco regulatorio favorable como condiciones necesarias para expandir operaciones, aumentar ensayos clínicos y consolidar negocios regionales.

La noticia fue celebrada por sectores empresariales y por representantes de la industria farmacéutica internacional, que proyectan miles de millones de dólares en inversiones para posicionar a Argentina como un polo biomédico regional.

Pero detrás de las promesas de innovación, competitividad y desarrollo científico aparece una pregunta inevitable: ¿qué antecedentes acompañan a una de las corporaciones más poderosas del planeta?

De IG Farben a Auschwitz: un origen que nunca dejó de ser discutido

Bayer fue una de las empresas que conformaron el conglomerado químico alemán IG Farben, creado en 1925 y convertido durante el nazismo en uno de los pilares industriales del régimen de Adolf Hitler.

IG Farben construyó una planta junto al complejo de Auschwitz III-Monowitz y utilizó mano de obra esclava proveniente de campos de concentración. Miles de personas murieron sometidas a condiciones extremas de trabajo, enfermedades, hambre y ejecuciones.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, directivos del conglomerado fueron juzgados en Núremberg por crímenes de guerra y explotación de trabajadores forzados. Bayer reapareció posteriormente como empresa independiente, pero su vinculación histórica con IG Farben continúa siendo uno de los capítulos más oscuros de la industria farmacéutica mundial.

Hemofílicos infectados con VIH: una tragedia internacional

En la década de 1980, empresas posteriormente integradas a Bayer comercializaron concentrados de Factor VIII utilizados por pacientes hemofílicos.

Diversas investigaciones y documentos judiciales revelaron que algunos lotes potencialmente contaminados con VIH continuaron distribuyéndose en determinados mercados aun cuando ya existían versiones sometidas a tratamientos térmicos consideradas más seguras.

Miles de personas fueron infectadas con VIH y hepatitis C en distintos países.

Las demandas judiciales derivaron en acuerdos indemnizatorios y fuertes cuestionamientos éticos sobre la gestión comercial de esos productos.

Monsanto: una compra que importó conflictos por decenas de miles de millones de dólares

En 2018 Bayer compró Monsanto por aproximadamente 63.000 millones de dólares.

Con la adquisición heredó también uno de los mayores pasivos judiciales de la historia agroquímica moderna.

El principal foco de conflicto es Roundup, herbicida formulado con glifosato.

En 2015 la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) clasificó al glifosato como "probablemente carcinógeno para humanos", mientras otras agencias regulatorias sostuvieron evaluaciones diferentes.

La controversia científica continúa abierta.

Sin embargo, los tribunales estadounidenses sí emitieron veredictos contundentes.

El jardinero Dewayne Johnson obtuvo una sentencia millonaria tras atribuir su linfoma no Hodgkin a años de exposición al producto.

Posteriormente llegaron los casos Hardeman y Pilliod.

Bayer terminó destinando más de 10.000 millones de dólares para resolver buena parte de las demandas relacionadas con Roundup, aunque continúa negando una relación causal entre el glifosato y el cáncer.

Los Monsanto Papers y las sospechas sobre la producción de evidencia científica

Durante los litigios emergieron documentos internos conocidos mundialmente como los Monsanto Papers.

Entre ellos aparecieron intercambios que fueron interpretados por investigadores y organizaciones civiles como evidencia de estrategias de ghostwriting, coordinación con académicos y participación indirecta en publicaciones científicas favorables a determinados productos.

No existe prueba pública de sobornos regulatorios ni de compra ilegal de aprobaciones sanitarias.

Sin embargo, la revelación de estos documentos alimentó un debate tremendo sobre la independencia científica, los conflictos de interés y la capacidad de grandes corporaciones para influir en la producción de conocimiento utilizado posteriormente por organismos reguladores.

PCB: contaminación persistente y acuerdos millonarios

Monsanto también produjo durante décadas bifenilos policlorados (PCB), compuestos industriales posteriormente prohibidos por su persistencia ambiental y potencial toxicidad.

Diversas ciudades estadounidenses promovieron demandas por contaminación de cursos de agua y ecosistemas urbanos.

Las controversias derivaron en nuevos acuerdos económicos por cientos de millones de dólares.

Anticonceptivos, anticoagulantes y dispositivos médicos cuestionados

Bayer también afrontó miles de demandas vinculadas con productos farmacéuticos.

Entre ellos:

  • Yaz y Yasmin, anticonceptivos asociados en litigios a eventos trombóticos severos.
  • Xarelto, anticoagulante cuestionado por hemorragias graves.
  • Essure, dispositivo anticonceptivo denunciado por miles de mujeres debido a dolores crónicos, perforaciones y complicaciones ginecológicas.
  • Trasylol, medicamento utilizado en cirugía cardíaca posteriormente asociado en estudios a mayores riesgos renales y mortalidad.

En varios de estos casos la compañía optó por acuerdos multimillonarios sin admitir responsabilidad.

Argentina vuelve a abrir sus puertas

Hoy Bayer considera que Argentina atraviesa un escenario favorable para ampliar investigaciones clínicas y captar inversiones internacionales.

Sus ejecutivos hablan de previsibilidad, protección de la propiedad intelectual y reglas claras para innovar.

Pero para numerosos movimientos socioambientales, pacientes organizados y productores independientes, el debate excede la llegada de capitales.

La discusión de fondo es quién controla el conocimiento, las semillas, los medicamentos y las futuras terapias.

El cannabis medicinal y una advertencia para quienes construyeron el sector desde abajo

La industria del cannabis medicinal argentina nació impulsada por madres cultivadoras, organizaciones civiles, médicos, investigadores universitarios, pequeños productores y usuarios históricamente perseguidos, criminalizados o ridiculizados por cultivar una planta que hoy posee reconocimiento terapéutico internacional.

Muchos de esos actores lograron abrir un camino regulatorio con años de activismo y construcción comunitaria.

Sin embargo, el ingreso creciente de grandes corporaciones farmacéuticas plantea interrogantes legítimos.

¿Podrán pequeños emprendimientos competir frente a compañías capaces de destinar miles de millones de dólares a litigios, adquisiciones, lobby regulatorio, propiedad intelectual y patentes?

¿Corre riesgo el desarrollo de un modelo de cannabis social, accesible y basado en economías regionales?

¿Terminará concentrándose un mercado construido por pacientes y cultivadores en manos de actores globales con antecedentes ampliamente cuestionados?

La discusión no implica rechazar la inversión extranjera ni la investigación científica.

Pero sí invita a preguntarse si Argentina está dispuesta a repetir un esquema donde las comunidades que impulsaron una transformación sanitaria quedan relegadas, mientras conglomerados con extensos historiales de controversias judiciales y ambientales vuelven a posicionarse como protagonistas de un negocio que otros hicieron posible mucho antes de que resultara rentable.

Porque cuando una empresa sostiene desde hace décadas que "si es Bayer, es bueno", la historia demuestra que millones de personas en distintas partes del mundo consideran que, al menos, esa afirmación merece ser examinada con espíritu crítico, es bueno para qué?

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