Del cultivo a la mesa el cáñamo argentino busca su lugar
Una productora que ya conoce el cannabis desde la fitocosmética decidió llevarlo a otro territorio. Ahora hay galletitas, granola, barras de cereal y alfajores, pero detrás de cada producto aparece una pregunta mucho más grande.
Hay momentos en los que una industria deja de ser una promesa y empieza, lentamente, a convertirse en paisaje. No sucede de golpe. Primero aparece una empresa, después otra, luego alguien consigue una habilitación, alguien encuentra una materia prima, alguien se anima a poner un logo que todavía incomoda. Hasta que un día aquello que parecía extraño empieza a ocupar un lugar cotidiano.
Quizás el mejor lugar para observar ese proceso sea una góndola.
Y hacia allí está caminando Milagros Calvo.
Productora de fitocosmética, fundadora de Milagros Esenciales e integrante de la Comisión de Producción de la RACME, Red de Cannabis Medicinal e Industrial vinculada al CONICET, Calvo ya había pasado por Amor Vegetal durante la primera temporada, en el episodio 51, cuando presentó su proyecto cosmético. Esta vez regresó con otra noticia, aunque en el fondo la planta siga siendo la misma: está desarrollando Granero de Sabores, una línea de alimentos elaborados con cáñamo que incluye barras de cereal, galletitas dulces, galletitas saladas tipo crackers, granola y una familia de alfajores que espera completar su proceso de habilitación.
La diferencia parece pequeña hasta que uno se detiene a pensarla.
Una cosa es aplicar un producto sobre la piel. Otra muy distinta es producir algo que alguien va a llevarse a la boca, comprar en un comercio y eventualmente incorporar a su alimentación cotidiana. Allí cambian las responsabilidades, las exigencias, los controles y también la cabeza del productor.
“Me dio mucha más carga de responsabilidad a la hora de producir un alimento”, explicó Milagros durante la entrevista.
La frase funciona casi como una declaración de principios. Porque el salto desde la fitocosmética hacia los alimentos no aparece en su relato como una simple diversificación comercial. Es, sobre todo, un proceso de formación.
Milagros ya tenía experiencia trabajando con materias primas de grado alimenticio dentro de su actividad cosmética, pero la posibilidad de avanzar con establecimientos productores de alimentos a baja escala en la provincia de Buenos Aires abrió una puerta que decidió atravesar. Se presentó ante el Ministerio de Desarrollo Agrario, consiguió la habilitación del espacio y comenzó a capacitarse específicamente en elaboración de alimentos.
Entre esas capacitaciones aparecen los programas de IPFL, Formación Profesional Laboral, y particularmente la elaboración artesanal de alfajores. Fue allí donde la idea empezó a tomar forma.
“Vi una multiplicidad de líneas de alfajores que se me estalló la cabeza y dije bueno, vamos a empezar a meter el cáñamo en harina”, contó.
Y de aquel alfajor nacieron las galletitas.
La lógica tiene algo de cocina y algo de estrategia empresarial. Primero aparece una materia prima con potencial. Después una técnica conocida. Luego una oportunidad regulatoria. Finalmente, un producto que pueda llegar al consumidor.
Pero entre la idea y la góndola hay un territorio mucho menos romántico: capacitación, habilitaciones, procedimientos, trazabilidad, conservación, formulación y producción a escala.
Milagros tuvo que incorporar conocimientos específicos sobre el Código Alimentario Argentino, buenas prácticas de manufactura y manipulación de alimentos. También tuvo que enfrentarse a una pregunta que cualquier pequeño productor que quiera industrializar sus elaboraciones conoce demasiado bien: ¿cómo hacer que algo que funciona en pequeña escala pueda convertirse en un alimento estable, seguro y comercializable?
“Cómo hacemos que el producto no se rancíe”, planteó durante la conversación.
La pregunta parece doméstica. En realidad es industrial.
Una preparación puede funcionar perfectamente en una cocina. Pero llevarla a una góndola implica pensar en vida útil, conservación, antioxidantes, sistemas de elaboración y producción en cantidad. La experiencia previa de Milagros con materias primas utilizadas en cosmética le permitió encontrar algunos puntos de contacto entre ambos mundos.
La planta, una vez más, aparece como un puente.
Y también como una escuela.

Del laboratorio artesanal a la góndola
Granero de Sabores nace con una idea que Milagros repite durante la entrevista: “alimentos que nutren”.
La intención no es utilizar el cáñamo como una simple curiosidad de marketing. La propuesta busca incorporar las características nutricionales de la semilla dentro de alimentos cotidianos. Una barra de cereal sigue siendo una barra de cereal. Una galletita sigue siendo una galletita. Pero el ingrediente abre una puerta hacia otro universo.
“Buscamos no sólo que sea un alimento, una galletita tipo de colación rápida o la barra de cereal, algo simplificado, sino aportar las propiedades nutricionales que tiene el cañamón dentro de ese producto”, explicó.
Ahí aparece uno de los puntos más interesantes de toda la conversación.
La desestigmatización del cannabis puede producirse también desde la normalidad.
Durante años, una parte importante del debate alrededor de la planta estuvo obligada a explicar qué era, qué no era, qué efectos tenía, qué usos podía tener y cuáles eran las diferencias entre cannabis, cáñamo, cannabinoides y derivados. Con el alimento aparece otra puerta de entrada.
La semilla de cáñamo puede llegar al consumidor sin necesidad de que toda la conversación comience hablando de consumo psicoactivo.
La estrategia de Granero de Sabores parece entenderlo perfectamente.
Y hay una decisión de marca que Milagros reconoce como deliberadamente audaz: las chalas están presentes.

Los cortantes utilizados para las galletitas y los alfajores tienen forma de hoja. El concepto también aparece en la identidad visual de la marca.
No hay intención de esconder el origen.
“Que en el logo esté la chala y demostrar que es noble”, explicó Milagros.
Noble como alimento. Noble como materia prima. Noble también en sus aplicaciones cosméticas, fitoextractivas y fitoterapéuticas.
La chala, entonces, deja de ser una señal clandestina para convertirse en identidad comercial.
Es una pequeña decisión gráfica con una carga cultural bastante mayor.
Porque colocar una hoja de cannabis en un envase alimenticio implica asumir que todavía habrá alguien que mire la etiqueta y pregunte cómo llegó eso hasta ahí.
Milagros ya vivió esa escena.
Contó que, al conversar con supermercados y estaciones de servicio, tuvo que explicar que el producto podía estar en una góndola con una chala visible y que el cáñamo había sido incorporado al Código Alimentario.
“Me miraban como diciendo, este producto en la góndola con una chala”, relató.
La escena es casi cinematográfica: una góndola convencional, productos convencionales y una hoja que durante décadas fue asociada a otra clase de imaginario.
Ahora la misma forma quiere vender una galletita.
Y quizás allí haya una de las batallas culturales más interesantes de esta nueva etapa.
El sabor también tiene que convencer
Desestigmatizar no alcanza.
Un producto puede tener una historia extraordinaria detrás y fracasar si nadie quiere comerlo por segunda vez.
Milagros reconoce que el cáñamo tiene un perfil sensorial particular. Lo describe como un sabor “raro y exótico”, diferente de aquello a lo que el consumidor está acostumbrado.
Por eso el desafío no consiste simplemente en incorporar cáñamo a una receta, sino en encontrar un equilibrio.
El producto tiene que conservar su identidad, aportar sus características nutricionales y, al mismo tiempo, resultar agradable para quien lo consume.
La industria alimentaria conoce bien esa regla: la innovación puede conseguir la primera compra; el sabor consigue la segunda.
Granero de Sabores está transitando justamente ese territorio.
La línea contempla barras de cereal con cáñamo, galletitas dulces, galletitas saladas tipo crackers y granola. Y mientras avanza la siguiente instancia de habilitación para los alfajores, Milagros ya anticipa tres variedades: chocolate blanco, chocolate negro y alfajor con glaseado de membrillo.
Pero hay algo todavía más curioso.
Los alfajores también tendrán forma de chala.
La planta va a entrar a la alacena por la puerta grande.

Cuando la trazabilidad se convierte en el verdadero desafío
La conversación adquiere otra profundidad cuando aparece uno de los temas menos visibles para el consumidor y más determinantes para quien produce: la trazabilidad.
Milagros cuenta que una de sus actividades es la destilación por arrastre de vapor y que cuenta con la maquinaria necesaria para realizar esos procesos. En su actividad vinculada a la cosmética puede trabajar con terpenos extraídos mediante esos procedimientos.
Pero trasladar ese mismo insumo a un alimento requiere otra historia documental.
“Sí podemos utilizarlos, pero deben ser trazados”, explicó.
La diferencia es fundamental.
No alcanza con saber extraer un compuesto. Para incorporarlo a un producto alimenticio, la materia prima debe ingresar bajo las condiciones correspondientes y contar con una trazabilidad compatible con ese destino.
Por eso, aunque la idea de incorporar terpenos existe, actualmente Granero de Sabores avanza primero con las materias primas que puede utilizar dentro del marco disponible y evalúa la posibilidad de incorporar terpenos provenientes de otros productores que puedan acreditar su trazabilidad específica.
La cuestión muestra algo que muchas veces se pierde cuando se habla de cannabis únicamente desde la planta o desde el producto terminado: una industria regulada también se construye con papeles, procedimientos y cadenas de abastecimiento.
La planta puede crecer en una tierra.
El producto industrial, en cambio, necesita una cadena.
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Córdoba aparece otra vez en el mapa
Y allí surge otro de los datos que deja esta entrevista.
Milagros produce en la provincia de Buenos Aires, pero la materia prima de cáñamo llega desde Córdoba.
La razón es sencilla: dentro de la provincia de Buenos Aires todavía no cuentan con productores formalmente establecidos que puedan abastecerlos de esa materia prima, aunque sí existen experiencias y chacras experimentales que están realizando pruebas piloto.
“Estamos trabajando con los productores de Córdoba que nos otorgan la materia prima y nosotros generamos el valor agregado”, explicó.
Es una fotografía interesante del momento que atraviesa la industria argentina.
El cultivo, la transformación y la elaboración todavía no están necesariamente concentrados en el mismo territorio. La cadena comienza a armarse por piezas.
Córdoba produce una materia prima que puede terminar convertida en una galletita en Buenos Aires.
Eso significa empleo, logística, transformación, conocimiento y valor agregado.
Y también señala una de las oportunidades que todavía están esperando ser desarrolladas: la producción regional de materia prima para abastecer una industria nacional de alimentos con cáñamo.
Porque si el mercado crece, alguien tendrá que sembrar.
Y allí aparece uno de los reclamos centrales de Milagros.
Para que el cáñamo llegue a la mesa también necesita tierra
Cuando Leo le pregunta qué hace falta para que la semilla de cáñamo pueda encontrarse con la misma naturalidad que la chía o el lino, la respuesta se aleja de la góndola y vuelve al principio de todo.
La tierra.
“Los pequeños productores necesitan acceso a la tierra para poder empezar con los cultivos”, sostuvo.
Y agregó una precisión que resulta especialmente relevante para quienes piensan en el cáñamo desde la agricultura: “El cáñamo no podemos hacerlo en una maceta”.
El cultivo industrial requiere una escala distinta. Milagros plantea la necesidad de trabajar con superficies que permitan obtener rendimientos compatibles con una producción comercial y que las chacras experimentales puedan terminar de perfilar variedades y semillas según las características de cada región.
La discusión deja de ser entonces exclusivamente cannábica.
Es una discusión agrícola.
¿Quién produce? ¿Con qué semilla? ¿Dónde? ¿Con qué licencia? ¿Para qué mercado? ¿Quién compra? ¿Cómo se transporta? ¿Cómo se transforma?
Cada una de esas preguntas representa una oportunidad de negocio, pero también una condición para que exista una verdadera cadena productiva.
Milagros menciona además las dificultades vinculadas al otorgamiento de licencias y la necesidad de avanzar en la liberación de las inflorescencias para determinados desarrollos vinculados al CBD y al agregado de valor.
Su planteo no parte de una teoría abstracta.
Habla desde el lugar de quien está intentando producir.
Y quizás esa sea una de las características más interesantes de esta etapa del cannabis argentino: cada vez más productores están obligados a convertirse también en gestores, capacitadores, comunicadores, especialistas en normativa, compradores, vendedores y constructores de mercado.
El emprendedor cannábico moderno rara vez puede darse el lujo de hacer una sola cosa.
La industria también se construye acompañándose
Milagros integra la Comisión de Producción de la RACME y participa junto a otros actores del sector en espacios vinculados a la incorporación del CBD al Código Alimentario Argentino. En la entrevista también cuenta que mantuvo un encuentro con la Universidad Nacional de Tres de Febrero, cuyos equipos vinculados a nutrición podrían acompañar el desarrollo de Granero de Sabores.
La búsqueda es que el alimento no sea simplemente novedoso.
Que sea alimento.
Que nutra.
Que pueda sostener una vida útil adecuada y llegar a una góndola bajo condiciones formales.
Es una diferencia importante. Porque la profesionalización del sector también significa aceptar que el entusiasmo por la planta tiene que encontrarse con la ciencia, la normativa y las buenas prácticas.
Y en ese cruce aparece una palabra que atraviesa toda la entrevista: red.
Milagros cuenta que están trabajando en una Unión de Productores y Trabajadores vinculados al cannabis y al cáñamo, con el objetivo de identificar necesidades, acompañarse y construir fuerza colectiva.
La frase que utiliza resume una filosofía de trabajo que excede a su propia empresa:
“Que no sea uno aislado, sino que haya más productores”.
La industria necesita competencia, sí. Pero antes necesita existir.
Necesita proveedores.
Necesita compradores.
Necesita agricultores.
Necesita investigadores.
Necesita profesionales.
Necesita consumidores.
Necesita medios capaces de explicar qué está pasando sin convertir cada noticia en propaganda ni cada regulación en una epopeya.
Y necesita, sobre todo, que quienes producen puedan encontrarse.
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La próxima revolución puede ser bastante cotidiana
Hay una imagen que queda flotando después de escuchar a Milagros.
No es una planta gigante.
No es un laboratorio futurista.
No es una fábrica llena de máquinas.
Es una persona entrando a un comercio, mirando una góndola y encontrándose con una galletita con forma de chala.
Quizás ahí empiece una transformación mucho más profunda que cualquier campaña publicitaria.
Porque cuando el cannabis aparece en una góndola como alimento, deja de ocupar exclusivamente el territorio de lo excepcional.
Se vuelve cotidiano.
Y lo cotidiano tiene una fuerza cultural extraordinaria.
Milagros imagina un 2027 con un escenario más desarrollado para los alimentos con cáñamo. Para llegar allí todavía quedan licencias, productores, semillas, tierras, trazabilidad, habilitaciones y consumidores dispuestos a elegir.
Pero algunas piezas ya están sobre la mesa.
Granero de Sabores es una de ellas.
La línea espera completar sus procesos de habilitación, terminar de definir códigos de barras, tabla nutricional y sellos para comenzar a poner los productos en circulación. La expectativa expresada durante la entrevista era que, si los procesos avanzaban favorablemente, pudieran llegar a distintos comercios, tiendas y mercados bonaerenses.
Y después habrá que hacer algo bastante más difícil que conseguir una habilitación.
Habrá que convencer al consumidor.
Milagros lo sabe.
“La gente tiene que elegir los productos de cáñamo, tiene que empezar a apostar por esto”, planteó durante la conversación.
Ahí también aparece el papel de los medios.
Porque una industria no se construye solamente desde la oferta. Hace falta explicar qué se está ofreciendo, derribar prejuicios con información y conseguir que el público entienda que detrás de una semilla existe una cadena productiva completa.
En definitiva, que el cáñamo pueda ser visto por lo que también puede ser: una materia prima agrícola, alimentaria e industrial con capacidad de generar productos, trabajo y valor agregado.
Y quizá la mejor síntesis de todo lo conversado haya quedado en una frase sencilla de Milagros, cuando habló de su propia marca y de esa decisión de mostrar la chala sin esconderla:
“Listo, acá, esto es el cannabis, esto es el cáñamo”.
No parece una consigna.
Parece una escena del futuro.
Una chala impresa en un envase. Una galletita sobre una mesa. Una semilla convertida en alimento. Una productora que empezó trabajando con la planta desde la cosmética y ahora intenta llevarla hasta la góndola.
La primavera que viene, dice Milagros, será una primavera “bien cañamera”.
Y quizás tenga razón.
Porque las industrias, como las plantas, también tienen su temporada de germinación.
Algunas tardan.
Otras encuentran el momento justo.
Pero cuando finalmente empiezan a florecer, resulta difícil volver a imaginar el paisaje como estaba antes.
Escuchá la entrevista completa con Milagros Calvo
Esta conversación de Amor Vegetal es apenas una parte de una historia mucho más grande. En el episodio completo, Milagros profundiza sobre su recorrido productivo, la evolución de Milagros Esenciales, el desarrollo de Granero de Sabores, las materias primas, la elaboración de alimentos con cáñamo, la trazabilidad, los desafíos regulatorios, la producción nacional y el futuro de una industria que empieza a encontrar nuevos caminos.
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