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El ADN empieza a convertirse en una herramienta para conocer qué cannabis estamos cultivando

Durante décadas, buena parte de la identificación de una planta de cannabis dependió de observar su morfología, esperar su desarrollo, analizar sus flores y finalmente determinar qué cannabinoides había producido.

La ciencia argentina está intentando correr ese límite.

Un equipo del Instituto de Fisiología y Recursos Genéticos Vegetales (IFRGV) del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) presentó el trabajo “Predicción del quimiotipo de Cannabis sativa L. mediante la correlación”, una investigación que forma parte de una agenda mucho más amplia dedicada a caracterizar genéticamente al cannabis y utilizar herramientas moleculares, genómicas y bioquímicas para su mejoramiento.

El trabajo fue presentado entre las contribuciones científicas del Centro de Investigaciones Agropecuarias del INTA durante el 2.º Congreso Internacional de Biotecnología, realizado en 2026. Allí figura específicamente la investigación sobre predicción del quimiotipo de Cannabis sativa L. mediante correlación.

La importancia del trabajo no está solamente en una eventual clasificación entre plantas con predominio de THC o CBD. El verdadero interés está en el concepto que hay detrás: utilizar información medible para anticipar una característica química de la planta y convertir esa información en una herramienta para el mejoramiento vegetal.

Y eso cambia bastante el juego.

Qué significa hablar de quimiotipo

En cannabis, el quimiotipo describe el perfil predominante de cannabinoides que produce una planta.

De manera simplificada, los grupos más utilizados distinguen entre materiales con predominio de THC, materiales con una relación más equilibrada entre THC y CBD, y materiales con predominio de CBD y bajos niveles de THC.

El INTA viene trabajando con esta clasificación en distintos proyectos. En una investigación sobre mejoramiento de cáñamo granífero, por ejemplo, el organismo estudió cinco genotipos representativos de los principales quimiotipos: EDITH 1, de quimiotipo I; EDITH 2, de quimiotipo II; EDITH 3 y Cogollos CBD, de quimiotipo III; y Cogollos THC, de quimiotipo I.

Esto es importante porque genotipo y quimiotipo están relacionados, pero no son exactamente lo mismo.

El genotipo es la información genética de la planta. El quimiotipo describe el resultado químico que esa planta expresa.

La diferencia parece pequeña, pero para un programa de mejoramiento es enorme.

Una semilla puede contener una determinada combinación genética, pero el perfil final de cannabinoides también está condicionado por el desarrollo de la planta y por las condiciones ambientales. Por eso, conocer el ADN no elimina la necesidad de analizar el material vegetal: permite sumar una herramienta de predicción y selección.

La pregunta que intenta responder la investigación

El trabajo de Clara Sonia Crociara y el equipo del INTA se ubica precisamente en esa intersección entre genética y química.

La idea de fondo es establecer relaciones entre variables que permitan predecir el quimiotipo de una planta a partir de información disponible antes de llegar necesariamente a una caracterización química completa del producto final.

Esto tiene una consecuencia práctica evidente.

Si una herramienta molecular permite identificar tempranamente materiales que probablemente pertenezcan a determinado quimiotipo, un programa de mejoramiento puede concentrar sus recursos en aquellos individuos que presentan las características buscadas.

En lugar de cultivar, esperar, cosechar y analizar absolutamente todo para recién entonces decidir qué plantas sirven como progenitoras, la información genética puede incorporarse antes en el proceso de selección.

Es la lógica de la selección asistida por marcadores que se utiliza en numerosos cultivos.

Y el cannabis argentino está ingresando progresivamente en ese territorio.

Del cultivo a la genética de precisión

La investigación sobre predicción del quimiotipo no aparece aislada.

El INTA desarrolla una plataforma que combina genética, genómica y bioquímica para trabajar sobre Cannabis sativa. El organismo señala entre sus objetivos el desarrollo y validación de marcadores moleculares asociados al quimiotipo y a características agronómicas.

Los marcadores moleculares funcionan como señales dentro del material genético que permiten identificar diferencias entre individuos.

En términos productivos, pueden servir para responder preguntas que antes requerían un ciclo completo de cultivo y observación.

¿Esta planta pertenece al grupo genético que estoy buscando?

¿Dos plantas aparentemente similares son realmente la misma variedad?

¿Un material presenta características que pueden resultar útiles para un programa de mejoramiento?

¿Puedo identificar y conservar una genética determinada con mayor precisión?

El INTA ya trabaja específicamente en la determinación de homogeneidad, estabilidad y pureza varietal de cannabis medicinal y cáñamo industrial mediante microsatélites, con el objetivo de incorporar herramientas moleculares para caracterizar cultivares destinados a su inscripción en el INASE.

Esto coloca a la investigación sobre quimiotipos dentro de una arquitectura científica mucho mayor.

El cannabis argentino empieza a tener una identidad genética trazable

Hay otra palabra que aparece una y otra vez cuando se habla de esta tecnología: trazabilidad.

Y para una industria que pretende producir materia prima estandarizada, es una palabra fundamental.

El INASE ya dispone de un apartado específico para las variedades de Cannabis sativa L. dentro de sus descripciones de variedades vegetales. La identificación molecular de variedades constituye una herramienta para verificar y diferenciar materiales vegetales y se vincula con el marco de la Ley de Semillas N.º 20.247.

El INTA, por su parte, trabaja con microsatélites para caracterizar cultivares de cannabis medicinal y cáñamo industrial, incluyendo herramientas capaces de estudiar diversidad genética, parentesco y diferenciación entre poblaciones.

Esto tiene una lectura especialmente interesante para quienes producen genética.

La trazabilidad genética permite empezar a construir una respuesta científica frente a uno de los problemas históricos del mercado cannábico: qué hay realmente dentro de una etiqueta.

Una denominación comercial puede contar una historia.

El ADN puede contar otra.

Y cuanto más profesional sea la industria, mayor será la importancia de que ambas historias coincidan.

Del ADN al laboratorio

La genética tampoco reemplaza al análisis químico.

El propio INTA cuenta con una tecnología de determinación de fitocannabinoides mediante cromatografía líquida de alta eficiencia, HPLC, destinada a clasificar variedades según su quimiotipo a partir de la concentración relativa de cannabinoides. El organismo indica que esta tecnología está validada y puesta a punto para diferentes variedades y tipos de muestras.

Además, el Laboratorio de Control de Calidad CANME-INTA de la Estación Experimental Agropecuaria San Juan ofrece análisis del perfil de cannabinoides en material vegetal y derivados, con servicios dirigidos a emprendimientos, organizaciones productoras, autocultivadores, clubes de cultivo, ONGs y empresas vinculadas a la salud. El laboratorio cuenta con certificación ISO 9001 desde febrero de 2025.

La foto completa empieza a ser mucho más interesante:

genética + marcadores moleculares + análisis químico + mejoramiento vegetal + control de calidad.

No se trata de una única tecnología capaz de resolverlo todo.

Se trata de construir un sistema.

El momento de cosecha también importa

Los trabajos del INTA muestran además que conocer la genética no alcanza.

En los ensayos realizados sobre cinco genotipos representativos de los principales quimiotipos, los investigadores observaron la mayor acumulación de THC y CBD a las nueve semanas posteriores al cambio del período vegetativo al reproductivo, independientemente del sistema de cultivo y del cultivar estudiado.

Este dato es particularmente relevante para cultivadores y desarrolladores de variedades.

Una genética determinada puede tener un potencial químico, pero la expresión de ese potencial ocurre dentro de un proceso biológico.

Por eso el mejoramiento moderno necesita mirar simultáneamente el genotipo, el desarrollo de la planta, el ambiente y el fenotipo químico.

La planta habla varios idiomas al mismo tiempo.

La ciencia está intentando aprender a traducirlos.

Qué puede cambiar para un breeder

Para quienes trabajan en mejoramiento genético, la posibilidad de predecir características relacionadas con el quimiotipo puede reducir tiempo y recursos.

Una selección asistida por información molecular permitiría identificar tempranamente individuos de interés y reservar el análisis fenotípico más exhaustivo para los candidatos con mayor potencial.

Esto puede resultar especialmente importante cuando se trabaja con grandes poblaciones.

También permite pensar en programas destinados a obtener materiales con características específicas para diferentes usos:

  • cannabis medicinal;
  • cáñamo industrial;
  • producción de fibra;
  • semillas y aceite;
  • biomasa;
  • variedades con perfiles cannabinoides determinados;
  • materiales adaptados a distintas regiones productivas.

La investigación del INTA sobre cáñamo granífero apunta precisamente a integrar herramientas genómicas, bioquímicas y moleculares con germoplasma local para avanzar en el mejoramiento de materiales adaptados a la producción argentina.

Una herramienta especialmente importante para el cannabis argentino

La construcción de genética local tiene además una dimensión estratégica.

Argentina posee proyectos de investigación, asociaciones civiles, emprendimientos y programas de mejoramiento que han generado y conservado materiales vegetales propios.

El desafío científico consiste en caracterizar esa diversidad.

Un proyecto oficial de investigación sobre cannabis ya planteaba utilizar secuenciación genómica para desarrollar cientos o incluso miles de marcadores genéticos capaces de ayudar a clasificar, diferenciar, identificar y establecer la trazabilidad del germoplasma local, además de estudiar su diversidad genética.

Ese trabajo abre la puerta a herramientas como estudios de asociación genómica, mapeo de regiones vinculadas con caracteres cuantitativos y selección de rasgos a partir del ADN.

Dicho en lenguaje sencillo: la genética puede empezar a convertirse en un mapa para encontrar qué características están escondidas dentro de las poblaciones de cannabis que tenemos disponibles.

El cultivador también puede beneficiarse

Aunque buena parte de esta investigación ocurre en laboratorios, su impacto potencial termina llegando al cultivo.

Para un productor, contar con variedades mejor caracterizadas significa reducir incertidumbre.

Para un breeder, significa disponer de mejores herramientas para seleccionar parentales.

Para un laboratorio, significa trabajar con materiales cuya identidad genética y química puede ser documentada.

Para una empresa, significa construir cadenas de producción más previsibles.

Y para un paciente que recibe un producto medicinal, la estandarización tiene una importancia todavía mayor.

La regulación argentina ya establece exigencias de calidad para los productos vegetales a base de cannabis destinados al uso y aplicación en medicina humana. La Resolución 781/2022 del Ministerio de Salud creó esa categoría y estableció la necesidad de contar con composiciones cuali-cuantitativas claramente definidas y comprobables, además de controles sobre calidad y contaminantes.

Por eso, la investigación genética no ocurre en un vacío.

Está construyendo herramientas para una cadena productiva en la que cada vez resulta más importante saber qué material vegetal se utiliza, qué produce, cómo se cultiva y qué termina llegando al producto final.

El futuro podría ser todavía más preciso

La genética no es la única vía que está avanzando.

En paralelo, investigadores de otros países están desarrollando sistemas de clasificación mediante imágenes hiperespectrales y aprendizaje automático capaces de distinguir quimiotipos de cannabis sin destruir la planta.

Un estudio publicado en Computers and Electronics in Agriculture utilizó imágenes hiperespectrales NIR y aprendizaje automático para clasificar plantas pertenecientes a los quimiotipos I, II y III. En una validación con 57 individuos, el modelo clasificó correctamente 51, aunque los autores remarcaron la necesidad de ampliar y diversificar los datos utilizados para mejorar su capacidad de generalización.

Esto permite imaginar un futuro en el que diferentes tecnologías trabajen juntas.

ADN para conocer el potencial genético.

Marcadores para seleccionar.

Sensores e imágenes para monitorear.

HPLC y otras técnicas analíticas para confirmar.

Bases de datos para construir trazabilidad.

La planta deja de ser solamente una planta para convertirse también en un conjunto de datos.

Argentina ya tiene algunas piezas del rompecabezas

El desarrollo de variedades nacionales demuestra que el proceso dejó de estar en una etapa puramente experimental.

En Patagonia Norte, por ejemplo, el INTA y la Asociación Civil Ciencia Sativa desarrollaron un programa de mejoramiento que permitió presentar cultivares de diferentes quimiotipos. Uno de ellos, CANNAWINE INTA-ACCS, de quimiotipo III, fue inscripto en los registros correspondientes del INASE con aproximadamente 10 % de CBD y menos de 1 % de THC, según la presentación institucional del trabajo.

Ese antecedente muestra hacia dónde puede avanzar la investigación.

Ya no se trata únicamente de estudiar qué hace el cannabis.

Se trata de desarrollar materiales vegetales con características definidas, identificarlos, evaluarlos y eventualmente incorporarlos a cadenas productivas reguladas.

La próxima revolución del cannabis puede ocurrir antes de que aparezca la flor

La investigación sobre predicción del quimiotipo presentada por el INTA es, en ese sentido, una pieza de una transformación mayor.

El futuro del cannabis argentino no depende solamente de conseguir plantas que produzcan mucho.

Depende de conseguir plantas predecibles, identificables, estables y adaptadas al objetivo para el que fueron desarrolladas.

Y ahí aparece una diferencia fundamental.

La industria cannábica madura deja progresivamente atrás la lógica de “encontré una planta espectacular” para entrar en la lógica de “puedo demostrar qué es esta planta, qué características transmite y bajo qué condiciones expresa esas características”.

Ese cambio puede parecer menos espectacular que una flor cubierta de tricomas.

Pero para la ciencia y para una industria responsable, probablemente sea bastante más importante.

Argentina ya tiene investigadores, laboratorios, bancos de germoplasma, programas de mejoramiento, asociaciones civiles y organismos públicos trabajando sobre distintas partes de ese desafío.

Ahora comienza una etapa en la que esas piezas pueden empezar a conectarse.

Porque cuanto mejor conozcamos el cannabis que cultivamos, más posibilidades tendremos de desarrollar una producción nacional trazable, estandarizada, competitiva y basada en evidencia.

La ciencia no le está quitando misterio a la planta.

Le está dando un lenguaje nuevo.

Y ese lenguaje se escribe, cada vez más, con ADN, cannabinoides y datos.

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